Desiertos de Noticias
Locales en Venezuela

Editorial

Repoblar los desiertos de noticias. El periodismo local cimienta la democracia

Por Marianela Balbi

Cuando la tierra tembló en Venezuela, el 24 de junio de 2026, la primera pregunta de muchas familias no fue qué decía el gobierno nacional. Ya hacía mucho tiempo que no contábamos con él. Fue algo mucho más inmediato: ¿dónde están los míos? ¿Están vivos? ¿está en pie la escuela de mis hijos?, ¿hay agua o electricidad en mi sector?, ¿a dónde están llevando a los heridos?, ¿quién está repartiendo la ayuda y a quién no le ha llegado?...Esas respuestas no se encuentran en los canales oficiales, tampoco en los medios públicos, ni siquiera en los titulares de los medios más grandes que podrían entrar en la categoría de legacy media. Se encontraban, cuando existían, en la emisora del pueblo, en la cuenta de Instagram del reportero que conoce cada calle, en el portal que lleva años contando lo que pasa en el barrio y las noticias de la alcaldía. Los terremotos dejaron a la vista algo que muchos sabíamos y pocos habían medido: luego de 25 años de la aplicación de un modelo de censura, en buena parte del país, esas voces ya no estaban o sobrevivían a duras penas.

El periodismo local es la forma más cercana del derecho a la información. Es el que informa sobre el bote de aguas negras que nadie repara, el hospital sin insumos, el alcalde que no rinde cuentas, el liceo que cerró o la mina que contamina el río. Es el más cercano a esa función que a veces se olvida de nuestro oficio: el periodismo de servicio público. Es cubrir lo que afecta la vida diaria: agua, transporte, salud, escuelas, presupuestos municipales. Lo local no es menor, es lo más cercano.

Es también el lugar al que acude la gente cuando nadie más la escucha: el periodista local recibe la denuncia, la verifica, la publica y le da a una comunidad la posibilidad de ser escuchada. Por eso es y sigue siendo un espacio de credibilidad porque un medio local, cuando hace su trabajo, escucha a su audiencia antes de hablarle. Hace su agenda a partir de las necesidades de información de su comunidad y no de lo que le dictan desde el poder.

Cuando ese periodismo desaparece, la comunidad queda en silencio y a merced del rumor, de la desinformación y de la versión oficial sin poder contrastarla. Sin información local también se debilita la posibilidad de que la ciudadanía ejerza contraloría sobre el poder que más incide en su vida cotidiana, como el de la gobernación, la alcaldía, el cuerpo policial o la empresa de servicios.

La fotografía de un país sin noticias locales

El estudio Desiertos de noticias locales en Venezuela que realizamos en IPYS Venezuela entre el último trimestre de 2025 y el primer trimestre de 2026 ofrece la radiografía más completa y más alarmante que tenemos de este ecosistema de medios.

De las 366 unidades territoriales estudiadas, el 83 % tiene una oferta informativa local insuficiente o frágil. De ellos, 104 son desiertos de noticias, donde no existen condiciones para el ejercicio del periodismo profesional, y 200 son semidesiertos, donde esas condiciones son precarias. Si lo cruzamos con los datos de población, el resultado es dramático: 17,7 de los 28,7 millones de venezolanos (el 61,7 %) viven en lugares donde informarse sobre su realidad más cercana es, en el mejor de los casos, un privilegio intermitente.

Los números del estudio confirman la devastación. El estudio identificó apenas 549 proyectos periodísticos locales y 1.982 puestos de trabajo en sus redacciones. Dos de cada tres de ellos dependen de la publicidad, una fuente atada al ciclo de una economía disminuída y arrasada. Solo el 5,1 % cuenta con ingresos por cooperación internacional, el 6,7 % no tiene ninguna fuente de ingresos, y el 38,4 % depende de una sola. Muchas veces esa vulnerabilidad se muestra en esta cifra: casi cuatro de cada diez proyectos construyen sus noticias principalmente a partir de fuentes oficiales.

Estos desiertos no surgieron solos. Son el resultado de años de cierres de medios, de las restricciones al papel desde 2013, de bloqueos digitales que llegaron a afectar a decenas de dominios de noticias y de leyes que criminalizaron la palabra bajo figuras como el terrorismo o la incitación al odio. Venezuela cerró 2025 con 25 periodistas presos, la cifra más alta de su historia reciente. El efecto más profundo de ese cerco es invisible: la autocensura se convirtió en la principal forma de responder a las restricciones a la libertad de expresión y de prensa. El 51 % de los proyectos locales encuestados la reconoce, muy por encima de la censura directa (21,4 %). Y solo el 18,7 % declara hacer investigación y vigilancia al poder, los temas menos cubiertos de toda la agenda local. El periodismo que sobrevive lo hace, en muchos casos, replegado en territorio seguro, en el silencio, en la omisión.

¿Cómo nos vemos en el espejo de Latinoamérica?

La gravedad de este cuadro se dimensiona mejor cuando se mira junto a la región. IPYS Venezuela aplicó la metodología desarrollada por el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), la misma que la Fundación Gabo utilizó para medir los desiertos de noticias en Argentina, Chile, México y Perú. Como analiza la periodista Irene Benito, quien lideró el proyecto en Argentina y acompañó a IPYS Venezuela en esta labor, ninguna de esas investigaciones había arrojado datos tan alarmantes.

A primera vista, Venezuela registra la menor proporción de desiertos (28,4 %) frente a Chile (47,5 %), Argentina (43 %), México (42,5 %) y Perú (35,2 %). Pero el dato engaña. Los semidesiertos venezolanos cubren el 54,6 % del territorio: es la primera vez desde 2021 que una sola categoría ocupa más de la mitad del mapa en un estudio de este tipo. Al mismo tiempo, el país tiene apenas 4,1 % de bosques de noticias, es decir, de zonas con un periodismo local robusto. Es menos de la mitad del promedio regional (9,9 %). La fragilidad no es una excepción en ciertas zonas: es la norma.

La comparación en recursos es igual de elocuente y revela la profunda precariedad en la que se trabaja el periodismo. Venezuela no llega a la mitad del promedio regional de medios registrado gracias al estudio: 1.304 y tiene menos de un tercio del promedio de puestos periodísticos (6.711). Benito describe la existencia de medios y periodistas aislados, que subsisten por amor al oficio, que trabajan en incertidumbre permanente y que muchas veces ni siquiera cuentan con electricidad e internet estables.

Reconstruir con independencia

Esta fotografía no puede leerse como un acta de defunción. Es, por el contrario, una línea de base: el registro preciso de cómo está el periodismo local en el momento cuando el país entra en una nueva etapa política. Mapear el desierto es el primer paso para repoblarlo.

Hay señales de cambio que deben consolidarse. La habilitación de algunos portales bloqueados en septiembre de 2026 es un gesto valioso, aunque insuficiente frente a los 84 dominios que seguían restringidos, y la opacidad y arbitrariedad en las decisiones sobre qué pueden y qué no pueden navegar los venezolanos para informarse. Desbloquear páginas es necesario, pero no basta para devolver la información a donde ya no llega.

Porque una democracia no se vuelve plural solo con elecciones. Necesita ciudadanos informados por fuentes que no respondan al gobierno de turno ni a los intereses que financian la política y medran cerca del poder. El periodismo local que necesitamos debe ser, ante todo, independiente: un periodismo que cumpla su función de control y que documente, verifique y revele abusos. Esa función es todavía más necesaria durante las transiciones, cuando las instituciones son más frágiles y la tentación de controlar el relato es mayor.

Cuando repoblemos los desiertos de noticias, debemos pelear por esa independencia y hacerla verificable. Eso significa conocer la propiedad y el financiamiento de los medios de forma transparente, que puedan tener diversas fuentes de ingreso, que practiquen una separación clara entre lo comercial y lo editorial, y que cuenten con códigos de ética que se cumplan.

Para ello necesitamos un Estado que despenalice el ejercicio periodístico, garantice el acceso a la información pública y renuncie a usar la justicia como herramienta de intimidación. También necesitamos anunciantes, cooperantes, academia y ciudadanía dispuestos a sostener a sus medios y valorar a sus periodistas.

Este reporte es una invitación a mirar el compromiso con esa tarea colectiva. Reconstruir el periodismo local en Venezuela es fortalecer la capacidad de las comunidades para conocerse, exigir y decidir. Es una condición para edificar una democracia real y para ejercer una soberanía que vaya más allá de la consigna: la de un pueblo que sabe lo que ocurre en su propia país y puede pedir cuentas a quienes lo gobiernan.