Desiertos de Noticias
Locales en Venezuela

Análisis

El periodismo local en la emergencia sísmica

Los terremotos letales del 24 de junio de 2026 acaecidos en Venezuela pusieron a prueba la capacidad de los medios locales para informar durante una emergencia como pocas veces en los últimos y convulsionados años. Este test ocurrió justo cuando se finalizaba la recolección de datos para la investigación de Desiertos de Noticias Locales de IPYS, que incluía un capítulo dedicado a las crisis socioambientales (ver resultados). Las fallas de electricidad y conectividad; las dificultades para desplazarse; el acceso limitado a información oficial y la necesidad de verificar versiones se sumaron a un desafío particular: en los territorios afectados, los propios periodistas que debían hacer la cobertura también eran parte de la población que enfrentaba las consecuencias del desastre.

La contingencia permitió observar en la práctica las capacidades y carencias registradas en la encuesta de Desiertos de Noticias Locales realizada en el primer semestre de 2026, poco antes de la catástrofe. En ese momento previo, al preguntar a los medios locales por su cobertura de crisis socioambientales en los municipios donde trabajaban, la respuesta más frecuente describe una cobertura que existe, pero no alcanza. De los 496 medios con respuesta, el 30,8% (153) afirma cubrir estas situaciones de manera regular y el 53,8% dice hacerlo de forma limitada, frente al 14,1% (70) que no las cubre.

La cobertura pareciera ser más frecuente entre los medios que ya incorporan los temas ambientales a su agenda regular. El 42% de las organizaciones sondeadas en este estudio incluye “medio ambiente y sostenibilidad” entre sus áreas de interés y, de estos, el 39% afirma cubrir las crisis socioambientales. En cambio, sólo el 24% de los medios que no cubren habitualmente este tema lo hacen cuando se produce la emergencia socioambiental.Capacidades para cubrir crisis socioambientales

Capacidad para cubrir crisis socioambientales
Capacidad Sí Ocasional No
Fuentes técnicas más allá de lo oficial 47,0% 23,2% 27,0%
Seguimiento posterior a lost eventos 36,0% 20,5% 43,6%
Análisis de causas humanas del desastre 35,1% 12,8% 52,1%
Formación técnica específica 32,4% 20,9% 46,7%
Apoyo psicológico 13,4% 9,3% 77,3%
Equipos y protocolos de seguridad 12,4% 8,7% 78,9%
Herramientas de monitoreo 9,1% 9,7% 81,2%

Pero cubrir estos eventos no significa contar con las condiciones necesarias para hacerlo. La capacidad más extendida entre los medios, reportada por el 47%, es el acceso a fuentes científicas y técnicas, como universidades, especialistas y organizaciones de la sociedad civil, que permiten complementar la información proporcionada a través de los boletines oficiales. Mucho menos frecuentes son los recursos directamente vinculados con la seguridad y el seguimiento: sólo el 12,4% dispone de equipos y protocolos de seguridad para sus periodistas; únicamente el 13,4% cuenta con apoyo psicológico y apenas el 9,1% tiene herramientas tecnológicas, como mapas satelitales, para monitorear crisis socioambientales en tiempo real.

La cobertura preventiva también es débil. Para más de la mitad de los medios, la información sobre riesgos aparece únicamente cuando ocurre un desastre o directamente no se publica. El 41% aborda estos temas solo después de un evento y el 11,8% nunca lo hace. Esa debilidad convive con las barreras que los medios señalan para cubrir crisis socioambientales en general: recursos para pagar a los periodistas (67,8%); transporte (59,8%); acceso a información oficial (41,2%) y presiones gubernamentales (29,7%).

Mientras que las cifras permiten dimensionar las capacidades y carencias de los medios, los testimonios muestran qué significaron esas condiciones cuando llegó la emergencia. Los relatos que siguen corresponden a periodistas que cubrieron los terremotos del 24 de junio de 2026 en La Guaira, Distrito Capital, Aragua y Falcón. Estos son los estados donde repercuten con mayor fuerza el doblete sísmico y así se vivió el trabajo periodístico, según quienes se lanzaron a contar lo que pasaba entre los escombros:

La Guaira: cubrir desde la pérdida

La Guaira es el territorio con menos medios entre los cuatro analizados. El estudio registra 16 puestos periodísticos declarados en ocho medios y diez de sus once parroquias se clasifican como “desierto” de información local. La periodista Nadeska Noriega cubrió el terremoto siendo, al mismo tiempo, parte de la comunidad afectada.

En las primeras horas, su prioridad no fue informar, sino proteger a su familia, en particular a su madre, de 80 años. Ambas pasaron varias noches durmiendo dentro del vehículo porque no podían regresar con seguridad a la vivienda. No tenían electricidad, internet ni telefonía estable, y los mensajes llegaban de forma intermitente. El segundo día de la emergencia, el 25 de junio, Nadeska empezó a recorrer el territorio con su esposo, quien se desempeña como reportero gráfico. Mientras buscaban a un familiar, documentaron lo que encontraban en el camino. Caminaron hacia sectores como Catia La Mar y Playa Grande para constatar la magnitud de la devastación, y llegaron hasta el aeropuerto internacional de Maiquetía. Los movimientos de Nadeska eran limitados. No sabía hasta dónde podía llevar el vehículo ni si conseguiría combustible. Esa misma noche, la antena Starlink de un vecino le permitió su primera conexión relativamente estable y pudo enviar las fotografías que habían tomado al medio El Pitazo.

Describe lo que encontró como un “caos institucional”. Había órdenes y contraórdenes sobre dónde podían estar los periodistas y qué podían registrar. En el aeropuerto se restringieron las fotografías y el tránsito. Durante una semana, muchas zonas siguieron sin electricidad, y con telefonía e internet precarios. En ese contexto, parte de la respuesta surgió del propio gremio: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa y Reporteros Sin Fronteras instalaron un punto de comunicaciones en Caraballeda, cerca de la “zona cero”, donde los periodistas podían conectarse, enviar material a sus medios y cargar sus equipos.

La información oficial estuvo prácticamente cerrada durante las primeras semanas. Aunque Nadeska conocía a autoridades regionales y locales por su trayectoria en La Guaira, no logró entrevistar al gobernador ni al alcalde. Los equipos de prensa le explicaron que la vocería estaba centralizada en el gobierno nacional. Ante ese vacío, verificaba directamente en el terreno. Si le decían que había vuelto la electricidad en una comunidad, iba a comprobarlo.

Hacia mediados de julio, el gobierno regional empezó a convocar ruedas de prensa y actividades para dar información, pero para Noriega siguió siendo una comunicación limitada. En ocasiones las autoridades ofrecían declaraciones sin aceptar preguntas y, cuando los periodistas intentaban contrastar las cifras oficiales con los testimonios de las comunidades afectadas, no necesariamente obtenían respuesta. Eso restringió la posibilidad de someter la versión oficial al escrutinio periodístico.

La desinformación añadió otra carga. Nadeska recuerda el caso de un vecino que perdió a sus tres hijos y a su expareja. Un video suyo durante la recuperación de los cuerpos circuló ampliamente, y después numerosas cuentas de TikTok e Instagram afirmaron falsamente que se había suicidado. El hombre tuvo que grabar un video para aclarar que estaba vivo y ella lo orientó sobre cómo denunciar las cuentas. Para Nadeska, estos contenidos no solo dañan a las víctimas: también obligan a los periodistas a dedicar tiempo a separar lo verdadero de lo falso. Por eso evita publicar videos cuyo origen se desconoce.

También hubo lugares y situaciones que quedaron fuera de la cobertura. Los campamentos y refugios alejados de la vía principal, algunas escuelas convertidas en albergues y sectores altos de Caraballeda y Macuto donde se restringió el ingreso de cámaras. A esto se sumaron dilemas para los que no se sintió del todo preparada. Entrevistar a quien acababa de perder a un familiar planteaba preguntas sobre cómo evitar la crueldad involuntaria y hasta dónde profundizar sin revictimizar. Pese a su formación previa, la magnitud de la tragedia evidenció vacíos en las herramientas de las que disponía para este tipo de cobertura.

Ella misma, además, procesaba sus propias pérdidas y temores. Nadeska compara el terremoto con la tragedia de Vargas de 1999 — un devastador conjunto de deslaves e inundaciones en el litoral central de Venezuela —, que también cubrió, y ubica lo más perturbador en la cercanía constante con la muerte. Semanas después todavía descubría que alguna persona a la que intentaba contactar había fallecido. Debía responder las preguntas de sus hijos al mismo tiempo que procesaba sus propias emociones. Por ello, recibió apoyo psicológico a través del sindicato; participó en espacios de acompañamiento organizados por la Alianza de Medios Independientes y continuó con su terapia particular. Considera que esta asistencia es fundamental para ella y su familia.

Su experiencia muestra también una de las fortalezas del periodismo local. Durante las primeras semanas, equipos extranjeros se apoyaron en periodistas de La Guaira como fixers, fuentes, intérpretes y guías, incluso cuando algunos habían perdido sus viviendas o vivían en campamentos. A su vez, medios locales que no contaban con vehículos aprovecharon esos traslados para hacer su propia cobertura. Nadeska lo describe como una simbiosis.

Pero el terremoto también expuso una debilidad previa. Nadeska señala que la prevención y las vulnerabilidades ambientales habían desaparecido de buena parte de la agenda periodística local. Tras la eliminación de Corpovargas (Corporación para la Recuperación y Desarrollo del Estado Vargas, creada en el 2000), dice, se instaló la idea de que el problema estaba superado, y la cobertura se inclinó hacia playas, balnearios y hoteles. Ella se considera una de las pocas periodistas que seguían preguntando por las obras de mitigación e identifica la falta de independencia frente al poder político como una de las principales debilidades reveladas por la catástrofe.

La encuesta de este estudio dibuja un panorama consistente con su relato. Ninguno de los ocho medios que hacen cobertura local en La Guaira dice contar con equipos de seguridad ni herramientas de monitoreo y cinco de los siete que respondieron sobre apoyo psicológico carecen de él. En las respuestas abiertas, los propios medios piden “cursos de capacitación psicológica para realizar coberturas” y “uso de nuevas herramientas para abordar las dinámicas socioambientales”.

Distrito Capital: la capacidad que no bastó

Caracas concentra, entre las cuatro entidades analizadas en este reporte, los medios con mayores capacidades. Catorce de 20 tienen acceso a fuentes técnicas, 10 ofrecen apoyo psicológico y 10 cuentan con equipos de más de diez periodistas. Aun así, el terremoto dejó al descubierto carencias. La periodista Gabriela Rojas, del medio TalCual, las reconstruye desde la experiencia de su redacción.

Para ella, la primera dificultad fue dimensionar lo que ocurría. Era un día feriado, el equipo estaba disperso y las primeras imágenes no permitían comprender la magnitud. La señal decisiva fue perder durante unas tres horas el contacto con Roison Figuera, reportero de TalCual que vive en La Guaira. Cuando finalmente logró enviar un SMS confirmando que estaba vivo y describiendo la gravedad de la situación, el equipo entendió que el impacto era mucho mayor de lo que podían observar desde Caracas. Fue a las 10:30 de la noche de ese 24 de junio cuando realizaron la primera reunión virtual, después de verificar que todos estaban a salvo. A la mañana siguiente ya tenían reporteros en La Guaira, y en las zonas de San Bernardino y Los Palos Grandes de Caracas.

La cobertura, prevista inicialmente para tres días, se extendió a diez. Llegaron a tener ocho reporteros en la calle gracias a antiguos trabajadores y colaboradores que se sumaron voluntariamente. Los motorizados de confianza que TalCual asigna desde 2024 —conductores de motocicleta encargados de trasladar y acompañar a los periodistas durante sus coberturas— fueron decisivos para desplazarse con rapidez y evitar que los reporteros trabajaran solos.

Pero el equipo no estaba materialmente preparado para un desastre. Los periodistas salieron sin cascos, lentes de seguridad, mascarillas y protector solar. Después de varias jornadas aparecieron irritaciones en los ojos y las vías respiratorias por el polvo, quemaduras solares y agotamiento. Fueron improvisando sobre la marcha con ropa de manga larga, gotas oftálmicas, y bolsos con agua, comida y equipos. Los cascos, mascarillas y lentes llegaron después mediante donaciones y una pequeña campaña de financiamiento.

En La Guaira casi no había dónde comprar alimentos ni agua, por lo que organizaron el envío diario de insumos desde Caracas. La propia sede de TalCual, además, sufrió daños severos y quedó inhabilitada. Para Gabriela, la experiencia mostró que prepararse para una emergencia va más allá de decidir qué historias cubrir. También exige prever seguridad física; alimentación; hidratación; movilidad; comunicaciones; equipos de protección; un lugar alternativo donde operar y recursos económicos de contingencia.

Sobre el acceso a la información oficial, su lectura es que las instituciones estaban sobrepasadas por la magnitud del desastre y no podían controlar del todo la circulación de periodistas. No interpreta esa situación como una política de mayor apertura. El sistema de acreditaciones activado en La Carlota, señala, fue un intento de centralizar el trabajo periodístico que perdió rápidamente utilidad práctica.

Después del impacto humano de cubrir tantas muertes, Gabriela identifica la desinformación como el segundo gran desafío. TalCual recibió muchos más videos y datos falsos o descontextualizados de los que podía verificar y tuvo que asignar personas exclusivamente a esa tarea. Los casos más graves se entregaban a un periodista para comprobarlos y aquello que no podía verificarse no se publicaba. La propia Gabriela viajó tres veces a La Guaira para comprobar versiones relacionadas con una presunta situación de niños solos debido a la tragedia. Aun así, considera que habrían necesitado un equipo completo dedicado a la verificación durante este contexto.

El costo emocional fue alto incluso para una redacción experimentada. Gabriela, con unas dos décadas cubriendo situaciones complejas, se sintió insegura sobre cómo abordar a las víctimas y orientar a su equipo. Las periodistas más jóvenes y las pasantes regresaban llorando de las primeras coberturas. La respuesta fue permitirles expresarse; evaluar si estaban en condiciones de continuar y reasignarlas cuando era necesario. Una reportera acostumbrada a los temas de salud asumió la cuestión de los hospitales, niños y desaparecidos, y se establecieron límites para evitar un involucramiento excesivo con las familias.

Una semana después, varios integrantes del equipo pidieron reunirse en persona. Como la sede estaba inhabilitada, dispusieron de otro espacio para hablar, llorar y descansar. Para Roison Figuera esa fue la primera vez que salió de La Guaira desde el terremoto y, según Gabriela, también la primera vez que logró dormir bien. TalCual mantuvo esos encuentros periódicos como espacios de seguridad y pertenencia para la redacción.

Gabriela subraya, además, una ventaja difícil de sustituir: la permanencia. Los medios internacionales llegaron con drones, vehículos y presupuestos mucho mayores, pero se retiraron pasadas las primeras semanas. TalCual realizó una jornada especial al cumplirse un mes del terremoto y, tres meses después, todavía mantenía varios ángulos de este tema en su agenda. Los reporteros que vivían en La Guaira y El Junquito conocían las comunidades y las rutas, y eran reconocidos por los vecinos como parte del territorio.

Los datos de la encuesta de este estudio confirman ese contraste entre capacidad organizativa y escasez de recursos materiales. Solo tres de los 20 medios cuentan con equipos de seguridad. A estas limitaciones se suman las presiones sobre el ejercicio periodístico: 16 señalan dificultades para acceder a información oficial y, entre los 16 que aseguraron sufrir restricciones para difundir información, diez reportan censura directa y 13, autocensura.

Aragua: la preparación que no había

En Aragua, los datos muestran debilidades especialmente marcadas en la preparación para desastres, así como también la periodista Carla Carrera, quien cubrió el terremoto desde las primeras horas.

Estaba en su casa cuando ocurrió. Después de comprobar que su familia estaba bien, empezó a registrar daños en edificios cercanos. Durante tres o cuatro horas hubo fallas de electricidad, internet y telefonía, y solo pudo publicar sus primeras imágenes y un resumen cuando recuperó la conexión, hacia las diez de la noche. Al día siguiente salió con otros colegas, con quienes suele organizarse para no trabajar sola durante emergencias. Recorrieron el edificio colapsado en el municipio Santiago Mariño y sectores como San Jacinto. En las zonas más afectadas la conexión seguía siendo deficiente y, muchas veces, los periodistas tenían que salir del lugar para enviar el material.

Su cobertura priorizó la información útil para los afectados. Por ejemplo, en el edificio colapsado se restringió el ingreso para evitar que la prensa interfiriera con el rescate y solo entraron cuatro reporteros con el compromiso de compartir información y material con el resto. Carla trabajó con casco y botas prestados, lo cual es una muestra, a su juicio, de la falta de equipos de protección disponibles para los periodistas. Gracias a su cercanía con el Colegio de Ingenieros accedió a datos sobre las inspecciones de inmuebles y publicó cuántas edificaciones habían sido revisadas y su clasificación en rojo, amarillo o verde.

Su lectura sobre la información oficial es matizada. Durante las primeras horas y días fue insuficiente y, a su parecer también reflejaba la falta de preparación institucional para comunicar durante una crisis. Las autoridades difundían mensajes generales, pero faltaban datos concretos sobre daños, refugios, vías de atención y contactos. Después percibió una mayor apertura: por primera vez en muchos años de ejercicio participó en una rueda de prensa con autoridades regionales en la que los periodistas pudieron preguntar sin guión y tantas veces como consideraron necesario.

Persistía, sin embargo, un problema estructural: técnicos como los responsables de Protección Civil o Bomberos no podían declarar a la prensa sin autorización superior. Cuando no obtenía información por esa vía, Carla recurría a ingenieros, contactos institucionales y personas vinculadas con las inspecciones. En algunos casos conseguía así los datos antes de que las autoridades los confirmaran.

También enfrentó restricciones concretas. Durante una visita a un refugio tuvo dificultades para obtener información porque una funcionaria la fotografió, y policías la abordaron e intentaron impedirle grabar, a pesar de que tenía autorización. Lo denunció públicamente, informó a las autoridades regionales, recibió disculpas y pudo regresar sin inconvenientes.

Las versiones también consumieron tiempo y recursos. Comprobó que un supuesto refugio de numerosas familias en un espacio del Colegio de Abogados albergaba, en realidad, a una sola familia damnificada. También verificó que no tenía fundamento una versión difundida por la red social TikTok sobre personas atrapadas en el sótano del edificio colapsado. De este modo, la experiencia reforzó para ella una regla básica: no replicar sin comprobar y distinguir el trabajo periodístico de la dinámica de viralización.

Hubo además decisiones éticas difíciles. Durante la cobertura del edificio colapsado registró el momento en que los rescatistas recuperaban un cuerpo y decidió no publicar las imágenes. Por otro lado, entre las familias que esperaban noticias había personas cercanas a una antigua colega, por lo cual hubo momentos en que lloró y necesitó detenerse. Al mismo tiempo, describe el trabajo como parcialmente catártico porque sentía que podía ayudar ofreciendo información útil, y procuró reservar momentos para estar con sus hijos y su familia.

Su balance combina voluntad y precariedad. Describe una fuerte solidaridad entre los periodistas locales, pero también carencias de formación, equipamiento y logística. Sostiene que parte del gremio se acostumbró a replicar notas oficiales o a trabajar con una lógica cercana a la de los influencers. Sin embargo, plantea que frente a una emergencia el periodismo necesita recuperar tareas básicas como investigar, verificar, contextualizar y actuar con criterio ético. Para mejorar el trabajo del periodismo, pide capacitación para la cobertura de desastres, cascos y botas, mejor conectividad y mecanismos de seguridad. Y añade un aspecto que la encuesta de este estudio no recoge: quienes producen información desde organismos públicos también necesitan preparación para comunicar con precisión durante un evento adverso.

Los datos muestran esas debilidades. Solo nueve de los 36 medios dicen cubrir las crisis socioambientales, 21 las cubren de forma limitada y seis no las cubren en absoluto. Tampoco hay prevención sostenida porque 24 publican sobre riesgos únicamente después de un evento, ocho nunca lo hacen y solo cuatro lo hacen de forma ocasional. Las respuestas abiertas repiten varias de las necesidades descritas por Carla: una emisora manifiesta necesitar “capacitación continua sobre gestión de desastres”, y otra requiere “más formación en reportería de calle y entrevistas en situaciones de emergencia”.

Escucha también el podcast sobre la emergencia sísmica en Aragua:

Carla Carrera, Aragua Mientras todo temblaba

Falcón: el peso de la distancia

Falcón muestra otra cara de la catástrofe: cubrirla desde lejos. La periodista Irene Revilla trabaja desde Punto Fijo, a cuatro o cinco horas de la zona afectada del municipio Silva. Sus primeros datos llegaron de las comunidades, pero solo mientras hubo señal y batería: “solo teníamos información de la gente en los pueblos mientras tenían señal y batería porque se cayeron todos los postes y quedaron sin luz”. Al tercer día, el gobernador y el alcalde empezaron a ofrecer información, aunque escasa.

Sin señal en las comunidades, confirmar las muertes fue especialmente difícil. Los periodistas dependían de la información del gobernador, la cual podía tardar días en conocerse. Algunos intentaron organizarse para pagar transporte y alojamiento, pero el costo resultó demasiado alto y desistieron. Revilla también vio a colegas agruparse para compartir vehículos, y dividir los gastos de combustible y alimentación. Para ella, esa organización mostró que había interés en informar, pero no condiciones suficientes para hacerlo.

La información oficial llegaba sin posibilidad de preguntar. Se publicaba en las redes de las autoridades, sin ruedas de prensa. Revilla lo resume así: “tuvimos que publicar lo que ellos publicaban”. A esa dependencia se sumó la desinformación. Circularon videos que aseguraban que algunas personas habían sido rescatadas con vida del edificio colapsado y, posteriormente, esas mismas personas aparecieron en la lista de fallecidos.

También hubo territorios que quedaron fuera de la cobertura inicial. Tucacas se cubrió un mes después, cuando algunos periodistas pudieron viajar por su cuenta, porque los reportes gubernamentales no registraban daños allí. Para Revilla, las autoridades “decidieron no darle importancia a casas y zonas que fueron afectadas”.

Su balance personal combina frustración por no haber podido llegar al terreno desde el primer día, agotamiento y miedo por las réplicas. Volcó parte de su trabajo hacia los centros de acopio y las ayudas que se canalizaban, y no contó con apoyo psicológico. Sobre la capacidad de atender un evento de esta clase, es directa: “periodísticamente no estábamos preparados para cubrir la emergencia”. Señala que solo Protección Civil había realizado simulacros de sismos y que no existe una educación constante sobre estos temas.

Revilla considera que la situación económica de los medios ha limitado su capacidad de movilización. También señala que algunas denuncias no se publicaban para evitar confrontaciones con el gobierno regional, y quedaban en manos de medios nacionales o internacionales presentes en el lugar. Aun así, destaca la disposición de los periodistas para responder al momento crítico, y el papel que cumplieron los medios de Coro y Punto Fijo al documentar cómo reaccionaban sus propias comunidades.

Los datos de la encuesta de este estudio refuerzan ese relato. De los 34 medios registrados en Falcón, sólo 15 aseguran cubrir crisis socioambientales, aunque lo hacen con recursos muy limitados. Apenas dos cuentan con equipos de seguridad, tres con herramientas de monitoreo y tres con apoyo psicológico. La falta de transporte aparece como un obstáculo para 27 medios y la falta de recursos, para 26. A esto se suma el tamaño de las redacciones: 17 funcionan con apenas uno o dos periodistas. De esta manera, esta precariedad atraviesa un estado cuyos 25 municipios están clasificados como “semidesierto”.

Las limitaciones materiales no implican una ausencia de capacidades periodísticas. Casi la mitad (16) de los 34 medios señalan estar preparados para identificar y explicar las causas humanas detrás de los desastres. No obstante, las respuestas abiertas permiten precisar algunas necesidades: un medio, por ejemplo, manifiesta requerir “kits de periodismo móvil” —como teléfonos inteligentes, micrófonos, trípodes y baterías externas— que permiten a los periodistas producir y transmitir contenidos desde el terreno.

Las voces en conjunto

Los mismos problemas atravesaron las coberturas en los estados más afectados por los sismos, pero tuvieron un peso distinto en cada territorio. En La Guaira pesaron la desconexión y las pérdidas sufridas por los propios periodistas; en Caracas, la sobrecarga de un equipo con mayores recursos; en Aragua, la falta de preparación para cubrir y comunicar una emergencia de esta magnitud; y en Falcón, las distancias y el costo de llegar hasta las zonas afectadas.

En todos los casos, el periodismo local respondió con lo que tenía a su alcance. El conocimiento del territorio, los vínculos de confianza con las comunidades y la capacidad para permanecer allí cuando la contingencia dejó de ocupar el centro de la atención. Pero esa respuesta descansó, en buena medida, sobre el esfuerzo de periodistas y equipos pequeños, más que sobre recursos y condiciones previamente garantizados para afrontar una crisis. Incluso la verificación de contenidos falsos exigió tiempo, conectividad y dinero los recursos más escasos. Los terremotos no crearon esas carencias. Las hicieron más visibles y mostraron cuánto depende todavía la cobertura local de la capacidad individual para sostenerla.